Turuletras, una librería en Villaverde Mi experiencia como librera

Me da la sensación de que esto que voy a decir ya lo he contado más veces, pero yo me muevo por impulsos (normalmente) y escribo lo que tengo ganas de contar y no lo que me parece que puede tener mayor SEO o posicionamiento web… Es verdad que procuro escribir entendiendo en qué medio lo hago.

Hoy me apetece comentaros que llevo ya un año y pocos meses trabajando en una librería de literatura infantil y juvenil y que todo lo que he aprendido, vivido, experimentado no lo cambio por nada. No voy a negar que yo iba con la idea de que sabía de este tema porque acababa de terminar un máster especializado en la materia y porque ya antes mi casa era un espacio lleno de libros que los niños y niñas seguro que disfrutarían, y porque había visitado mil veces ciertas librerías, ido a eventos, etc. Pero no sabía cómo funcionaba una librería, ni siquiera una, por dentro y ahora cuando veo que todo me sale solo, me doy cuenta de cómo aprendemos las personas y cómo pasa el tiempo y te sorprendes a ti misma haciendo lo que antes solo era un sueño.

A mí me han gustado los libros desde pequeña. Quizás ha influido la profesión de mi padre, profesor de primaria; pero yo siempre pienso que me ha acercado más a la lectura mi madre, simplemente haciéndome disfrutar con los libros, leyéndome, contándome. Yo creo que lo hacía todos los días. Por lo menos sé que tenía muchos libros, que me gustaba la poesía, que ahora mismo recuerdo muchos cuentos que mi madre me contaba de memoria… Todo esto sin duda fue determinante. Mi madre que trabajó en una guardería hasta que yo tenía dos años, una guardería donde mi padre era dueño aunque solamente pasaba por allí para ir a comer entre clase y clase del colegio. Todo esto se te queda dentro. Tiene que ser así. Cuando tenía unos ocho años escribí una poesía, la cual me sé de memoria. Recuerdo que mi padre me la escribió bien con su letra perfecta de profesor (yo la había escrito en un papel pero no sabía nada de escribir poesía, los versos, las rimas; la había hecho en mi cabeza más que en el papel) y que tanto mi madre como mi padre trataban con el mayor de los respetos ese texto y que parecía que les parecía la poesía más maravillosa del mundo. Quizás este cariño por unas cuentas palabras escritas por una niña me hizo valorar la palabra escrita, y siempre la valoré, siempre leo entre líneas, me encanta escuchar también a las personas que saben explicar cosas bonitas… Creo, como entonces ahora pienso que creían mis padres, que las palabras son muy valiosas. Y también que lo son dichas por cualquier persona, no solo por adultos.

No me cambiaron nada de la poesía, se limitaron a hacerme sentir importante porque había hecho una poesía. Creo que a ello me influyó mucho un librito que tenía de Gloria Fuertes y que aún conservo. Me encantaba. En algún momento me atreveré a escribir este poemita, pero ahora prefiero guardármelo porque me parece muy personal.

El caso es que estudié periodismo (y comunicación audiovisual; juntas) y al lado de mi facultad en Vicálvaro resulta que había una librería (a apenas 5 minutos), que descubrí un día por casualidad (como estudiaba dentro de un barrio popular me gustaba salir de las paredes universitarias y pasear entre la gente e ir a alguna cafetería de fuera; y la encontré): Jarcha. Ni más ni menos que Jarcha. Una librería que me gustaba visitar y donde recuerdo, todavía estudiando la carrera que me compré el libro Cuando el mundo era joven todavía. Por ahí empezó mi gusto por los espacios llenos de libros; me empecé a interesar mucho por la ilustración porque dibujar también es algo que he hecho desde pequeña y descubrí y descubrí. Y por supuesto ver a los libreros, tranquilos, hablando con los vecinos, me parecía la experiencia más maravillosa del mundo.

Tampoco os quiero aburrir con esta historia de saltos y resúmenes pero quería contaros cómo he llegado de alguna manera a estar en esta librería y cómo este año ha supuesto eso, la culminación de algo para lo que creo que estaba destinada. Me he saltado toda la adolescencia (además de mil cosas más) pero diré algo de aquella época, leía libros profundos, importantes y en los límites de la edad y lejos de nada, me reconfortaban, me hacían sentir bien. Recuerdo a Wilt, a Madame Bobary, La insorportable levedad del ser. Soy mala para los nombres. Especialmente recuerdo casa porque por aquel entonces no salíamos tanto fuera, éramos pequeños, como quedábamos en casas para hacer algún trabajo. Y recuerdo una casa que sé que tengo marcada y es la de mi amigo Dani. Repleta de libros, de películas, desordenada y hogareña. Ahora sé que ese espacio que era familiar en mi vida adolescente también me impulsó a sentirme feliz entre libros.

Cuando hice la entrevista para trabajar en la librería estaba recién apeada del tren que viene de Santander porque estaba con mi familia allí de vacaciones. Esto fue en agosto del año pasado.

Desde entonces ha habido muchos momentos, no todos buenos, pero creo que he hecho todo lo posible por dar lo mejor de mí a la gente que entra. He estado en una feria del libro y he vivido unas navidades entre libros viendo cómo las familias entraban para irse cargadas de libros (porque los Reyes o Papá Noel no siembre saben llegar). Y después de todos estos meses qué es con lo que más disfruto: cuando llegan libros que me interesan y los saco de las cajas, los toco y después de hacer la parte técnica para registrarlos en el ordenador los coloco. Creo que es con lo que más disfruto. Cuando tengo que meter albaranes de libros que me fascinan y tengo el privilegio de “poseer” ese libro. Es muy parecido a cuando lo veo en una librería pero en este caso tengo un primer diálogo con él más íntimo.

Y otro aspecto con el que disfruto es hablando de libros con la gente.

No voy a negar que ordenar los libros, limpiarlos, colocar lo que es una librería tampoco me disgusta nada; porque cuando la veo ordenada la veo armónica y creo que toda ella se vuelve una sola cosa que te invita a entrar. Otra cosa que me gustaría decir es que soy una persona despistada y desordenada pero siempre, desde niña, he cuidado con muchísimo cariño las cosas que tenía (muñecas, peluches que están nuevos) y también los libros. Entonces, soy desordenada pero para ciertas cosas porque no podría ver un libro tirado como quien dice, para mí se merece un gran respecto. Sé que puede ser polémico porque al final los libros están para usarse pero igual que no soy capaz de tirar al suelo nada por la calle, no sería capaz de sentir que estoy deteriorando un libro.

La librería Turuletras está en Villaverde, su metro más cercano es Ciudad de los Ángeles. Y si hay algo que destacaría de ella es la valentía (porque es así) de su dueña. Porque abrir una librería (y no digo papelería librería, digo librería) en un barrio como donde está Turuletras tiene detrás mucho coraje, pienso. No porque la gente humilde no lea y todas estas cosas, sino porque desgraciadamente no existe una librería en cada barrio… Por qué. No sé. Creo que sería un debate muy extenso. Y porque atreverte a hacerlo sin referencias y sabiendo que las que están lo están por el centro, es atrevido y es de agradecer también. Sin duda pasear por un barrio popular como Villaverde, Carabanchel, Barrio del Pilar, Vicálvaro y encontrarte un rinconcito cálido lleno de libros donde entrar poder llevarte una lectura, charlar un rato, es algo único, necesario, pero a veces olvidado. Inexistente.

Las librerías no deberían quedar como parte de las cosa museos de moda que solo están en el centro de las ciudades (no olvido que el centro también tiene barrios), deberían ser de los vecinos y vecinas de toda la vida, donde no llegan los turistas ni las personas del extraradio. Un lugar de descanso, de tranquilidad, de encuentro, donde crear recuerdos, pasado, presente. Por ello, espero que Turuletras esté abierta mucho mucho tiempo.

Los comentarios están cerrados.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *