‘La gota gorda’ Un álbum ilustrado por Patricia Metola

Tengo La gota gorda desde hace unos años. El otro día volví a leerlo -tengo por costumbre últimamente leer un álbum ilustrado en la cama antes de irme a dormir- y me produjo unas sensaciones similares a la primera vez que lo leí. Eso me parece significativo porque hay algunos libros, es verdad que los menos, por los que sí veo que pasa el tiempo; igual porque yo he cambiado, y si antes los escogí por un motivo ahora este parece desvanecerse.

Patricia Metola es una ilustradora que consigue decirme algo. Quizás plásticamente haya otros muchos autores que la superen pero a mí su trabajo me parece que tiene emoción, tiene alma. Y lo mismo hay otros con una técnica asombrosa que no consiguen modificar mi estado de ánimo o despertar sensaciones. Por ello, quizás estos grandes autores que dibujan tan bien están hechos para el gran público que busca calidad en bruto y aquellos que tienen una pequeña verdad que contar quizás no están hechos para la masa sino para ciertas personas a las que consiguen aportar mucho, aquellos que conseguimos encontrarlos y encontrarnos en ellos. Y eso -aunque quizás a ellos no les de las venta que les gustaría-, el hecho de que se mantengan desconocidos -o que no den ese salto tan comercial, tan de moda- para muchos también les da ese carácter especial.

Debo reconocer, aunque creo que después de tantos artículos ya más o menos se sabe, que no me gustan gran parte de los libros, álbumes que se hacen actualmente y que están tan de moda (y no estoy diciendo que me gustaran más los de antes); me gustan las historias que tienen profundidad y está claro que a los niños y niñas les gusta divertirse pero en ocasiones, incluso en aquellos álbumes pues un poco mejores que buscan ese humor, lo que al niño le prevalece es una historia medio boba como si además tuviera que estar de broma en broma todo el tiempo. Con un montón de colorines y una fiesta constante. No creo que porque sean niños deban leer todo el rato cositas de humor.

Yo sé que esta es mi opinión, no tengo hijos (mucha gente me ha comentado que bueno que cuando tenga niños si los tengo ya cambiaré), y en mi experiencia como librera estaba muy condicionada por lo que había ya en la librería y no he tenido tanto la oportunidad de saber qué les parecen a los niños pues historias como La gota gorda, más lentas, contemplativas. Aunque sí he visto niños de unos ocho años que ya no tenían ninguna motivación por estar en la librería porque les parecía de cosas para pequeños. Y yo creo que en parte es por esa sensación superficial de fiesta constante y caritas sonrientes. Pero, como digo, es mi manera de pensar hasta el momento. No me gusta nada cuando veo el rol padres en modo textos e ilustraciones de moda, “que hacen reír” (cuando yo creo que a ellos, a los padres, para nada les hace reír eso y ni ellos mismos leerían esos libros) y que eso es lo que se considera para los niños, las niñas. Es que me parece tan normal que gran parte de los niños y niñas no quieran leer. Yo es que gran parte de estos libros no me los quiero leer. ¿Y por qué ellos van a querer? Y luego también nos sorprendemos de que de adolescentes lo dejen. Bueno, es que lo que necesitan es conocer de verdad la literatura y eso les lleva un tiempo (quienes se hacen lectores) porque lo que habían hecho hasta ese momento no les parece lectura. Es como si fuesen cosas diferentes en lugar de todo una misma cosa.

Y dejan atrás ese mundo de rosa para coger libros de verdad muy lejos de esos espacios; seguramente en la FNAC, porque no tengan otros referentes, en su habitación, en lugares donde se sientan como ellos desean, diversos y tratados como una persona más. Dejan de ver la pequeña librería donde les llevaban sus padres como un lugar interesante para ir a otros espacios que les parecen más difíciles de descifrar, secretos, que despiertan lo desconocido, lo prohibido, lo que se aleja de los mandamientos de los padres.

La gota gorda está editado por SM y está escrito por Juan Villoro (antes de ser hecho en forma de álbum la historia fue publicada en la colección El barco de vapor) y es la historia de un padre muy grande, gigante, y una hija que parece diminuta a su lado, como todo el resto de habitantes del pueblo donde viven; y la niña quiere ver el mar pero su padre le dice que es complicado un hospedaje para un gigante. La historia es entrañable pero, por lo menos en mi opinión, no es boba ni superficial, como hay tantas. En ella se indaga en el vínculo tan fuerte que se crea entre un padre y un hijo (en este caso una niña que se llama Mini María). Y como, yo que soy hija de un padre maravilloso (como tantas personas), cuando recuerdas especialmente lo haces con esa mezcla de nostalgia y felicidades: los veranos en el pueblo, yendo con mi padre al colegio, volviendo con él, en tanto viajes… Y eso tiene esta historia, por otro lado, a ello ayuda la ilustración ya que otros libros que he leído ilustrados por Patricia Metola también tienen ese tono tierno y profundo. Uno de mis libros más queridos es Piara, ilustrado por ella y donde se pueden ver puntos en conexión. Para no repetirme mucho puedes leer la reseña que hice sobre este libro editado por Narval.

Mini María es una niña muy curiosa y despierta, con mucha energía que desea conocer aquello desconocido, en este caso el mar. Su padre, como es tan alto, puede verlo; y el nombre del libro tiene que ver con la solución… Por otro lado, el padre de Mini María, Max Máximus no por ser gigante deja de tener los problemas de cualquier se humano pero en ocasiones se siente incomprendido; no hay nadie como él y a las demás personas del pueblo les cuesta pensar que él también se pone triste y tiene todas las emociones que puedan sentir sus paisanos. Una de las cosas que más le gusta a la niña es estar con su padre, ir a pasear con él bajo su sombra, donde se está muy fresquita. Y Max Máximus también piensa en otro lugares donde pueda haber gente como él, pero después se acuerda de los feliz que es en el pueblo, con su familia, sus amigos, y no quiere estar en otro lado. Como pasa en Piara es una historia enclavada en el mundo rural, en la vida en los pueblos, en los pueblos vivos.

Toda está dentro de nosotros mismos, la felicidad no es necesariamente ir más y más lejos sino apreciar lo que se tiene. Y podemos sentirnos diferentes muchas veces pero no es preciso huir buscando un lugar mejor porque en ese lugar no estará esa comprensión que imaginamos necesariamente, sino que nuestros miedos viajaran con nosotros también. Desde las diferencias podemos crear lazos muy fuertes y complementarnos; pero la comunidad la formamos todos juntos.

 

 

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