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En defensa del tiempo que nos quitan

En estos días en los que estoy viendo que muchas editoriales cuelgan los pdfs de sus libros gratuitamente con el permiso de los autores de esos libros, claro, imagino, me he sentido en desacuerdo con ello sin saber por qué. No estaba segura por tanto de mi posición. Porque también es verdad que yo poco sé de edición y que cuando se hace imagino que hay también en los editores una reflexión y un por qué detrás que siempre tendrá que ver con vender libros; así que también me es difícil estar en desacuerdo con ello.

Desde que vi que asociaciones de libreros como CEGAL y libreras se manifestaban abiertamente en contra de esa disposición rápida de libros en digital pues reforcé mi opinión, quizás más del lado de las librerías (no puedo evitarlo) y puedo decir que a día de hoy no estoy de acuerdo con estas iniciativas. Lo que desde luego no puede ser bueno es que editores y librerías vayan por caminos separados; porque los unos no son nada sin los otros. También es verdad que hay editoriales que no se han sumado a esto de la cultura gratis y yo la verdad es que lo agradezco. Porque sí, claro que estoy en contra de la mercantilización de nuestras vidas que hace el capitalismo como buena ecofeminista que me siento, pero lo que no puede ser es que en esta sociedad capitalista sobre unos asuntos no se dude de que jamás serán gratis, y sobre otros se ponga sobre la mesa esa gratuicidad como buen hacer de la sociedad. Qué casualidad que casi siempre se regala lo mismo: medioambiente y cultura. Aquí de lo que se trata es de que en otra sociedad diferente no nos relacionarámos a través del dinero trabajo-consumo, pero eso es otro tema porque aquí no estamos en ese punto. Aquí seguimos en una sociedad agresiva que silencia a muchos colectivos, entre ellos a otros animales que no son el ser humano, aquí estamos en que los libros gratis y los seguros si me dices gratis me entra la risa. Y que en la sociedad del por todo pago y cuanto más vale más pago, cuando algo no vale nada: malo me huele.

Sinceramente, voy a decirlo como lo pienso, estoy muy a favor de la tecnología como herramienta para ser mejores pero no de la tecnología para volvernos locos. Especialmente durante los primeros días de confinamiento en las redes todo era gente súperactiva (o esa imagen nos querían mostrar) llamando la atención por las redes sociales para acaparar nuestro tiempo mientras nos decían que hiciéramos algo ya, creándoles hasta a las personas más tranquilas una sensación de ansiedad por no estar aprovechando el tiempo. ¿Lo mejor para mí? Apagar esa especie de segundo cerebro (apagar el ordenador) y ya está; porque tras este acto suele estar la vida.

Y en mi opinión el sector del libro no debe sumarse a esa locura colectiva que transmiten algunos influencers. A ese nerviosísimo patológico de los que más gritan, que al final son cuatro pero hacen el ruido de doscientos. Es verdad que todos tenemos el impulso de sumarnos, como decía, para sentir que no perdemos el tren, que aprovechamos nuestro tiempo, que hemos comprado el último modelo de camiseta de esta marca o que tenemos el cutis hoy también cuidado. Pero es un espejismo. Pienso que no hay que dejarse llevar por esa manera de vivir la vida que siembra personas convenidas, personas de mentira, personas no reflexivas, personas que viven un tiempo hiperactivo y que anteponen el segundo de gloria al tiempo de la calma, al ritmo lento del crecimiento de las plantas y la intimidad. Desde este punto de vista la tecnología nos consume.Considero que no sumarse a ese ruido y generar un tiempo nuevo también en las redes es sanador y en ese tiempo en mi opinión deben estar los editores y libreros. Porque quienes leen, al menos cuando leen, viven en ese tiempo y lo que buscamos, también desde este blog, es fomentar la lectura. No habría que desviarse de ese punto de inicio. A veces yo he sido la primero que he criticado la falta de manejo de, por ejemplo, el Instagram de las bibliotecas; pero sinceramente, prefiero ausencia a presencia para añadir más ruido a mi día a día. Prefiero que vayan a su ritmo y que estén cuando se pueda, ahora ya la mayoría de redes de bibliotecas están presentes, que hacerlo deprisa y corriendo y querer formar parte de los trending topics metiéndose ahí con calzador en un zapato que ya guarda un pie demasiado gordo. Prefiero que metan el pie en otro zapato holgado. De la misma forma, en ocasiones se confunde el estar presente con el estar constantemente, en detrimento, claro, de la calidad del contenido. Si hablamos del sector del libro, casi que para cualquier otro también, es mejor menos o poco pero de calidad, bien pensado y planificado. Y podremos pensar: sí, pero la gente ahora está en este hashtag y nuestro contenido de calidad no le va a interesar a nadie. De acuerdo pero en mí opinión ahí está la clave en que para fomentar la lectura se necesita atraer a la gente al otro tiempo y no que seamos nosotros lo que vayamos a ese lugar donde no nos engañemos la gente no lee apenas. Porque es que la lectura no se puede dar en plenitud en contextos de la inmediatez de las cosas.

Todos tenemos libros por leer en casa. No hace falta comprar. Algo así me dijo una librera por Instagram.

Por qué digo que estoy a favor de la tecnología como herramienta para ser mejores. Porque considero que es verdad que nuestra tecnología actual nos ayuda a enfrentar problemas (entre ellos la actual de pandemia) con nuevas maneras de trabajar más inteligentes, aplicaciones que salvan vidas, más información a nuestro alcance. Pero precisamente esa información a nuestro alcance nos debe llegar, y nosotros leerla y entenderla y la sobreinformación o sobrecarga informativa es contraria a la lectura reflexiva. No es necesario que lleguemos a todo, que leamos todos los periódicos, escuchemos a todos los científicos y leamos todos los artículos publicados sobre una materia que está siendo noticia (y si a esto le añadimos escuchar a los youtubers que hablan del tema, ver en redes sociales a los influencers que se manifiestan… ya tenemos estrés realmente); no debemos sentirnos en la obligación de llegar a todo ello porque de no hacerlo, cosa que así será, nos generará frustración e incluso rechazo por estar informados, que nos puede llevar además a escoger la fuente menos fiable para llegar a esa noticia. Mi recomendación primera: quitarnos de en medio las fuentes no fiables.

Y esto tiene mucho que ver con las necesidades, pienso, de los editores por subirse a ese tren que cruzaba veloz nuestros campos cuando se inició el estado de alarma en nuestro país, con gente haciendo ejercicio con papel higiénico, bromas “ingeniosas” con esto o aquello que se tenía por casa (se puso de modo el tonto, lo siento, pero así lo veo, cosa que pasa a veces). No podíamos salir de casa, una situación nueva en nuestras vidas que además la mayor parte de las generaciones en nuestro país ya no habíamos vivido ninguna crisis antes que esta. Y entonces el punto de mira se puso en Internet: el todo si no lo era ya. Y muchas empresas aprovecharon eso para vender más; pero el libro, el producto que es el libro no es un producto cualquiera. Y hay que tener cuidado. Y en esa primera semana yo misma vi en mi cuenta de Instagram y en Twitter cómo editoriales hacían sus propuestas como nerviosas para decir: “Eh, que yo también estoy aquí, mírame. Ojo a la iniciativa tan guay que tengo por aquí”. Pero mi pregunta es, por qué lo hicieron. ¿Miedo a desaparecer o búsqueda de una oportunidad de aumentar ventas en el sector del libro electrónico pisando por el camino a las librerías en shock y sin mucha capacidad de reacción?

Si hay algo, y ya para ir acabando, que a mí me gusta de las librerías (y en su interior están los libros hechos por los editores, por tanto, también están los editores) es esa sensación al entrar de que no hay prisas. Esa es la magia. Ellas no te roban tu tiempo que ya no sabes dónde te lo dejaste. Ellas te lo ofrecen. Ellas te dan más tiempo del que tenías antes de entrar y tienes la sensación esa de abrazo, de estar oliendo eso que es la esencia de la vida y donde deberíamos estar todos. Y ese ambiente se crea porque están allí los libros descansado y sus historias se sienten presentes aún sin leerlas… Esa energía está ahí y quien quiera entrar con sus prisas y su venta de humo no puede, cierto respeto por el lugar le llega. Es una pausa. Ese silencio pactado, esa educación del librero o librera que no te acosa para que compres, simplemente está ahí y te ayudará si se lo pides… Eso te cambia al entrar. Por ello que ahora que todavía no podemos pasar a las librerías, espero que pronto pueda ser, la esencia de las mismas debe estar también en las redes; quizás en algún rincón más pequeñito, pero no pasa nada.

 

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